En nuestro viaje a Nueva York queríamos pasar el mayor número de días en la ciudad de los rascacielos para empaparnos bien de la metrópoli y no dejarnos nada por visitar. Pero también nos apetecía hacer alguna excursión fuera de la gran urbe. Barajamos diversas posibilidades: Boston, Filadelfia, Washington y Niágara. Al final nos decidimos por esta última ya que se podía hacer en avión, reservarlo desde aquí y rompía con lo que íbamos a ver en Nueva York, era todo lo contrario a una gran ciudad.

Cataratas del Niágara, el trueno de agua

Tal y como hemos comentado, la reserva la realizamos desde Barcelona, a través de la agencia de viajes del Corte Inglés. Nos entraban los traslados del hotel al aeropuerto y viceversa, los billetes de avión, los traslados del aeropuerto de Buffalo a Niágara, la guía en español, una excursión en barco y la comida.

Cataratas del Niágara, el trueno de agua

El día escogido para la excursión nos pasaron a buscar por el hotel a las 6:30 horas de la mañana para llevarnos al Aeropuerto JFK. Recogen a varios viajeros más por distintos hoteles de Nueva York, todos nuestros compañeros de viaje son españoles.La excursión también se puede realizar en autocar, pero hay que hacer noche en Niágara ya que la distancia entre ambas ciudades es de 560 kilómetros. El vuelo salió puntual a las 9:05 horas. Volamos con la compañía JetBlue destino Buffalo.

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JetBlue una compañía low cost pero los aviones son muy cómodos, nuevos, y con mucho espacio entre los asientos. Además, en todos ellos hay pantallas táctiles para poder ver películas y acceder a juegos.

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También fue puntual a la llegada y a las 10:30 horas aterrizamos en el Aeropuerto Buffalo-Niagara.

Cataratas del Niágara, el trueno de agua

En el aeropuerto nos esperaba el un mini-bus que nos iba a llevar hasta Niágara. Las cataratas se encuentran a 24 kilómetros al norte de Buffalo.

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También nos espeaba nuestra guía. Nos explicó que era de origen mexicano aunque llevaba muchos años viviendo en Estados Unidos y estaba casada con un estadounidense. Nos sorprendió mucho algunos comentarios racistas, homófobos y clasistas que hizo durante todo el viaje. Acabamos muy enfadados por estos comentarios y hasta Clàudia estuvo a punto de contestarle en alguna ocasión.

Pasamos por Buffalo y la impresión que tuvimos es que era una ciudad muy extensa pero con poca densidad de población.

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Los edificios eran todos de una planta, casas de madera, muy separadas unas de otras.

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Nos dirigimos primero a la frontera con Canadá ya que empezaríamosla visita por la parte canadiense. Las cataratas se encuentran rodeadas por dos ciudades con el mismo nombre: Niagara Falls, pero una pertenece a Estados Unidos, al estado de Nueva York y la otra a Canadá, al estado de Ontario. Ambas ciudades están conectadas por tres puentes.

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Estas “ciudades gemelas” son también conocidas como las “Ciudades de la Luna de Miel” ya que en el pasado eran un destino muy popular entre los recién casados. La cantidad de estos visitantes aumentó considerablemente en 1953 tras el estreno de la película Niágara, protagonizada por Marilyn Monroe.

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En los años 80 algunas escenas de la película Superman II también fueron rodadas en este lugar.

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El nombre Niágara viene de una palabra iroquesa que significa “trueno de agua”. Los iroqueses eran los habitantes originarios de estas tierras. Sus mediaciones entre los conquistadores franceses y las demás tribus de la región fueron muy importantes y por ello se les llamó “los neutrales”. Antes de llegar a la aduana cruzamos el río Niágara.

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Tardamos unos 40 minutos desde el aeropuerto hasta la frontera pero el paso por la frontera se hizo lento debido al gran número de vehículos que cruzaban. De hecho las cataratas tienen más de 20 millones de visitantes al año.Nuestra guía realizó los trámites en el paso fronterizo. Con los pasaportes de todos los viajeros se dirigió a la aduana y volvió con todos ellos sellados. Ya estabamos en Canadá!

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Cruzamos el Rainbow Bridge que une la aduana con la ciudad y abarca toda la garganta del río Niágara. Se construyó en 1941 y permite el tránsito tanto de vehículos como de peatones.

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La ciudad canadiense de Niagara Falls ofrece muchas atracciones turísticas y comerciales orientadas a los visitantes, al contrario que su gemela  estadounidense mucho más austera. Las vistas desde este lado tienen fama de ser las más bonitas.

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Desde los parques y miradores se pueden observar las cataratas.

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Detrás se encuentran los altos edificios de las grandes cadenas hoteleras y casinos, que rompen con el ambiente natural de la zona.

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Las calles adyacentes están repletas de tiendas de regalos, restaurantes, clubes nocturnos…….

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Hay atracciones turísticas de todas clases. La mayoria están cerca de la Avenida Victoria.

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La primera parada fue en el Hotel Sheraton donde comimos.

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La comida era tipo buffet, nada especial pero mucha cantidad. Lo más destacable son las vistas desde el comedor. Los grandes ventanales están orientados directamente a las cataratas y hacen, que estés donde estés, las vistas sean espectaculares.

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Al acabar de comer nos dirigimos hacia el embarcadero para coger el barco de la compañía “Maid of the Mist” para hacer una excursión. Estos barcos sólo funcionan de finales de abril a principios de octubre. Esta empresa realiza estos cruceros desde 1846.

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Nos entregaron unos chubasqueros de color azul y tomamos conciencia de cómo nos íbamos a mojar. La llovizna era constante cerca de las caídas de agua y sin el chubasquero nos empaparíamos completamente, aunque el mojarte está asegurado incluso con los impermeables. El recorrido dura 30 minutos aproximadamente.

Primero pasamos junto a las dos cataratas estadounidenses, las llamadas American Falls.

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Y la Bridal Veil Falls (cascada del velo de la novia). Aunque más pequeñas son igualmente espectaculares. El incesante golpear del agua al caer hace que se forme un rocío que se transforma en una llovizna contínua.

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Continuamos navegando hasta llegar a pocos metros de la Horseshoe Falls (Cáscada de la Herradura), que es la canadiense.

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Se podía sentir la fuerza del viento generado por la caída del agua y oír el fuerte rugido de las cataratas. La altura desde la que cae el agua es de 52 metros.

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Hay que tener cuidado con la cámara de fotos. Es difícil contener las ganas de fotografiar la catarata pero existe el peligro de que la cámara quede totalmente empapada.

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Una vez finalizado el recorrido en barco aprovechamos para comprar algunos recuerdos. La tienda de souvenirs estaba decorada como si fuera Navidad.

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Tomamos el mini-bus y volvimos a pasar por la frontera para regresar al lado estadounidense. Esta zona, llamada Prospect Point Park, tiene muchos paseos y miradores a lo largo de la orilla de las cataratas en los que se puede pasar un rato tranquilo y hacer numerosas fotos.

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También tiene una zona de pícnic, pero la oferta turística no se puede comparar, ni mucho menos, con la del lado canadiense.

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Nos comentó la guía que esto se debe a que la zona estadounidense se encuentra dentro de un Parque Nacional, el más antiguo de Estados Unidos, creado en 1885.

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Más de cuatro millones de litros por segundo caen desde lo alto del arrecife de las cataratas. Por ellas pasa todo el agua de los Grandes Lagos.

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Las salpicaduras de agua también están garantizadas en esta zona.

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Una atracción de esta zona es la llamada Cave of the Winds (Cueva de los Vientos). Se baja en ascensor hasta la base de la American Falls y a través de plataformas y pasarelas se llega a la Bridal Veil Falls. Dicen que la sensación es la misma que si te encontraras en medio de una tormenta tropical. Para acceder a esta atracción también tienes que ir provisto de chubasquero. Aunque la atracción parece muy interesante no nos atrevimos a bajar.

Cataratas del Niágara, el trueno de agua

La Torre de Observación está situada en el Prospect Point Park. Tiene una altura de 70 metros y permite ver tanto las cataratas de Canadá como las de Estados Unidos.

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Una vez finalizada la visita a la parte estadounidense, volvimos al aeropuerto para coger el vuelo de vuelta a Nueva York que salía a las 21 horas. Toda la suerte que habíamos tenido por la mañana con los horarios se trunca y el vuelo de vuelta se retrasa dos horas y media y no salió hasta las 23:30 horas.

Aprovechamos para cenar en el aeropuerto, en un restaurante tex-mex ambientado en las grandes rutas automovilísticas norteamericanas. La espera tras la cena se hizo muy pesada.

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Cuando llegamos al Aeropuerto JFK nos estaban esperando para llevarnos al hotel, al que llegamos pasadas la 1:30 horas de la madrugada muy cansados pero muy satisfechos del día en Niágara.

 

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